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SIETE MUJERES (Segundo periodo de “El bosque goloso”)

 

 

La filosofía vital de Ana Borderas se resume en pocas palabras. Ama los viajes, ama la cultura y ama a la gente. Ama, en fin, la vida y sus circunstancias, algo que transmite continuamente en una conversación alrededor de una mesa de comida, algo con lo que nos encendía semana tras semana durante los últimos 23 años en el programa cultural de la Cadena Ser “La hora extra”. Les adelanto que estoy en una situación privilegiada, para emitir este tipo de comentarios, pues trabajé durante varios años mano a mano con ella asesorándola sobre la música y sus pormenores. Ya podía venir entusiasmado con una iniciativa lo más alejada imaginable de los estereotipos. Ella la hacía suya y la insuflaba toneladas de energía. Por mil y una razones la distinguieron en 2011 con el Premio Nacional de Periodismo cultural. Qué alegría. Al fin una distinción de este tipo iba donde debía ir. ¿Saben dónde lo celebró? Bueno, se lo pueden imaginar: en Lakasa, con sus padres y unos amigos. Recientemente la han destituido de su programa y de la emisora de radio en la que trabajaba por razones “organizativas”. Cada vez uno entiende menos la sociedad en la que vive y ese menosprecio permanente por el factor cultural. En Lakasa se pusieron de luto al escuchar la noticia. La quieren con pasión. Me llamó por teléfono César Martín con voz de ultratumba. “¿Sabes lo que ha pasado?”, me dijo. “No sé”, le contesté. “¿Un atentado? ¿Un terremoto?”. “Pues algo así”. Y me contó la historia. Pensamos de inmediato en rendirla un homenaje. Qué fiesta comparable a una comida en Lakasa. Pues eso hicimos. Sugerí incorporarla a la sección de las “Siete mujeres”, pero sin decírselo. No hablamos en esta ocasión de temas gastronómicos. O sí, pero de una manera diferente a la habitual. Contemplándolos como un aspecto más de los viajes, la cultura y la gente, los tres faros de las inquietudes básicas de Ana. Las recetas las dejamos para otra ocasión.

 

No sé las horas que pasamos comiendo. Llegamos de los primeros al restaurante y cuando nos dimos cuenta estábamos solos. La excitación previsible se esfumó de entrada con un vino blanco sensacional, de esos que saca César de Dios sabe dónde. Yo notaba que cada vez comíamos con mayor lentitud. Incluso el tiempo de adagio llegaba a la bandeja de quesos de Bernard Antony, que Ana no había probado en sus anteriores visitas a Lakasa. De queso a queso pasaba un cuarto de hora. O diez minutos, no voy a exagerar. El placer de la conversación se había adueñado de la atmósfera. Cada bocado suponía una profundización en una experiencia compartida. Era cuestión de cultura, de conversación, de gente al fin y al cabo, de viaje al fondo delos estímulos. Los placeres y los días, que diría Proust, en esta búsqueda del tiempo perdido, esta vez reencontrado.

 

Y en esas estábamos cuando pasó por la mesa Riky y, claro, le preguntamos por su hija Elisa, su ojito del alma. Y un poco después Marina nos enseñó fotos de la suya recalcando el parecido con su padre César. Puede parecer todo insustancial, pero no lo era en absoluto. Ana Borderas disfrutaba con sonoras carcajadas y rememoraba su pasado eibarrés, y las relaciones con su madre, o aquel viaje a Escocia en solitario que tanto le impactó. La conversación se desarrollaba entre temas familiares, literarios, musicales, teatrales, cinematográficos o artísticos. Ante los diferentes platos de la comida la reacción unánime era de admiración. César y su equipo se esmeraron y les salió todo de fábula. Al concluir pensé que no hay homenaje más auténtico que el dominado por la sencillez. Los sabores dejaban el terreno preparado para la exaltación de la amistad. La vida continúa y el volcán Ana nos va a dar más de una sorpresa. Por si acaso, vamos a ir reservando mesa para la próxima celebración.

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